La (falsa) habitué que escribe

Por un extraño azar que no busco comprender, casi todas las circunstancias de mi vida llevan impregnadas el humeante olor a café. Hija de padres colombianos, aprendí a tomarlo religiosamente cada mañana desde los 6 años de edad; primero instantáneo -en leche- y luego tinto, bien puro, sin azúcar ni ninguna de sus imitaciones aberrantes. Ya estudiante universitaria y siguiendo los bohemios hábitos que exige la carrera de Letras, me entrené en el hábito de frecuentar cafeterías, con la bendita suerte de vivir en Buenos Aires. Sé que no hay en Latinoamérica ciudad que les rinda un culto más absurdo y más esmerado; sé que no las hay más pintorescas ni adornadas,ni con mayor variedad ni delirio de pasteles, ni con semejante concurrencia de ancianos, poetas y estudiantes (¡superando en número a los ejecutivos con prisa!). Tampoco las hay con peor calidad de café –pero eso es lo de menos-.

Quizás por predestinación, la cafetería también terminó siendo mi lugar de trabajo. Fui –y soy- camarera, preparadora y vendedora de café; sin duda de este empleo, proviene gran parte de la visión que comparto con ustedes. Así, mi misión es compartirles lo que observo desde fuera, pero también, lo que conozco desde adentro.

Me llamo Michelle, tengo 25 años y me dedico a escribir, pero también a vender y comprar, a preparar y a visitar todos los buenos templos del café. No estaba mal escribir un blog al respecto. Pretendo describir como una habitué cada cafetería de mi ciudad, cada cafetería del mundo; por más que sólo pise cada lugar las veces que me basten para llevar esa experiencia a todo el que la busque, la encuentre, o la anhele.

Deja un comentario