Café-Bar La Farmacia

Desde el comienzo, la impresión es desconcertante. Había escuchado hablar de este lugar, había leído al respecto y visto fotos. Pero fue llegar, tras caminar cuadras y cuadras por la Avenida Directorio, y no reconocerlo. Se trata de una esquina discreta al final de una larga cuadra, un portalcito pintoresco bajo un toldo sucio y un balcón a punto de derrumbarse. Supongo que eso es en parte Flores: un barrio de vestigios. Una placa en un lugar destacado afirma sin reservas su exclusividad, declarando que este es el primer y único bar notable de la zona.

Café- Bar La Farmacia, Avda. Directorio 2398 (Esq.Rivera Indarte)- Barrio de Flores

Al entrar nos encontramos con un paisaje muy particular. El recinto parece (o es, o fue) una enorme botica, con estanterías de madera y vitrinas abarrotadas de frasquitos. En el mostrador de la barra, las botellas de licor se apilan bajo las estanterías de los remedios; habrá quien piense que son todos igual de curativos.

Los faroles empolvados y los viejos instrumentos de medición, alguna que otra fotografía antigua; todo contribuye a la atmósfera nostálgica y un poco enrarecida del lugar, a su ambiente de pseudociencia.  El desgaste de las mesas, del suelo, del color de las paredes, del cartel principal, sugiere cientos de historias, de fantasmagorías, que no conoceremos.

«Mientras Mauricio preparaba medicamentos y bombones diagnosticaba, ponía inyecciones a los vecinos del barrio y mimaba a su familia, la Farmacia Santa Elena latía a su ritmo. Hoy sigue estando presente en cada frasco e instrumento que decora nuestras paredes, en cada baldosa y ventana, haciendo de este un refugio en el que tratamos de seguir curando dolores a nuestros males. Todo tiene su remedio… refugiate en La Farmacia.» (Tomado de la Carta)

Sin embargo, no es un bar que se esté quedando viejo. Se trata de esos sitios quede tan antiguos, se vuelven “top”: a mi alrededor encuentro un público de jóvenes adultos que no me esperaba. También hay gente entrada en años, pero no se trata de esos viejos inherentes al bar en decadencia, sino de señoras y señores bien vestidos y muy “de mundo”. Los meseros son jóvenes, agradables; hay música en inglés y varias pantallas de televisión. En la zona del fondo, un muchacho con micrófono habla de la deuda externa y otros temas muy candentes en época de elecciones. No quiero olvidar mencionar que después de las 20 horas cobran servicio de mesa.

Como en tantos lugares así de pintorescos, la carta es de folios con fotocopias, pero encuadernada en algo similar al cuero. Es extensa -al ser un bar, incluye tragos de todo tipo, gran variedad de sánguches, ensaladas y picadas-, pero yo sólo pediré un café. Los precios de cafetería son razonables, ni muy baratos, ni muy caros. Hay preparaciones con nombres alusivos a la farmacia, como el “Botica», el “Vademécum”, el «Farmaccino” y el de la casa , el café “La Farmacia” :café tricolor con crema, chocolate rallado y canela. Sin ganas de tomar nada muy dulce ni muy fuerte, pido un simple café con leche.

El café con leche viene en tamaño extra grande y acompañado de masitas (galletitas de limón y pedacitos de un brownie crujiente y recién hecho. Vale la pena pedir una porción entera).

Tomo tranquila mi café, sin poder evitar sonreír al ver más que hay más de una persona (además de mí misma) sacando fotos del lugar. Pienso que es posible que en esta misma mesa se haya sentado César Aira, -hay quienes aseguran que viene seguido por aquí-.

Luego de un largo, largo rato, pido la cuenta. El mesero me dice “gracias, genia”, y me retiro, con el paso lento, sin poder dejar de mirar los nuevos detalles que todavía aparecen y multiplican por mil.

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