
En esta ocasión nos encontramos en la Pizzería Belén, en pleno corazón del Abasto. La incluimos en Las Cafeterías porque visitada a las 17 horas, casi ningún detalle indica que se trata de una pizzería y no de un café. De hecho, a cualquier hora del día parece más un café. Será por el lustre de sus mesitas de madera y el elegante tapizado de sus sillas. Será por su pastelería exhibida de manera prominente y la melancolía del lugar, lleno de fotos y mobiliario antiguos, de publicidades de época. Las palabras de una niña arrastrada a este lugar lo resumen todo: “¡es aburrido, no hay juegos!”
En una esquina sobre la calle Corrientes que destaca por su portal y sus ventanales adornados en viteaux, esta pizzería-café es una pequeña lección de historia del barrio de Once. Bajo enormes espejos con marcos de antaño (colocados demasiado alto como para que alguien de estatura promedio pueda mirarse) se extienden una serie de fotografías que atestiguan los distintos momentos del barrio: las multitudes asistiendo a la repatriación de los restos de Carlos Gardel en 1936, la construcción de las ferrovías del Sarmiento (Ferrocarril Oeste) en 1903, el aspecto de emblemáticos lugares como la Plaza Once, el colegio San José o el Hospital Ramos Mejía a principios del siglo pasado, entre otros. También es digna de mencionar la colección numismática que se exhibe en una de las paredes: esta comprende billetes y monedas de todo el siglo XX argentino.


Detalles como un rincón de lámparas colgantes, un mostrador adornado con mosaicos, o algunas terminaciones con ladrillo a la vista, completan su estilo quedado en el tiempo. Un polvoriento reloj de madera amarrado a la columna principal, marca para siempre las 10:05 horas de un día ya lejano.
Intentaré hablar de la experiencia sin romantizarla demasiado. Aunque yo haya volado por lugares muy míos durante esta hora y cuarto, voy a admitir que los mozos son un poco parcos. Son esos mozos viejos, que te revolean la carta sin mirar y hablan lo justo y necesario. Digamos que es todo lo opuesto al modelo de atención del nuevo milenio, en el que con una sonrisa te ofrecen agregar algo más o agrandar el combo. Sin sobredimensionar la gravedad del asunto, les pido un café Belén, el de la casa.

El café viene servido en un jarrito doble, bien presentado. De acompañamiento obsequian una generosa porción de galletitas pepas caseras, y el vaso de soda de siempre. De la preparación destaco la crema, casera, de buen sabor y consistencia. El resto del café, sin embargo, me resultó fuerte, con demasiado licor en la proporción. (Recomiendo pedir algo para comer, por el bien de sus estómagos).
En cuanto al precio, lo considero standard respecto al resto de cafeterías. Si bien los cafés especiales (como el que pedí) son algo caros, la promoción de Café con leche con tres medialunas está a un precio muy justo.
Me despido de la gente del lugar, mientras miro por el ventanal el sabático paseo de tantos judíos elegantes. Pienso que el lugar me ha dejado una sensación agradable, que volvería. Quizás la próxima vez pida pizza.
