Confitería Las Violetas

Miles de veces pasé por la puerta de este lugar, pero jamás reparé en Las Violetas de una manera que le haga justicia. En la esquina de Medrano y Rivadavia hay que andar siempre de prisa y con la vista al frente; es difícil imaginar que, en medio de ese ajetreo, uno pasa por el frente de un pedazo de tiempo que ya no existe.  Porque eso es lo que ocurre en este lugar: de una manera asombrosa, aparece frente a mí un escenario que leí descrito cientos de veces -en libros de historia o novelas muy viejas-, pero que siempre creí irrecuperable…

Entrada principal de Las Violetas, en la esquina de Medrano y Rivadavia.

Buenos Aires tiene esa hermosa manía de venerar el pasado, aunque no todo el pasado, sino un momento específico: el que nos dejó las grandes construcciones arquitectónicas y ciertas instituciones no muy comunes en otros lugares del continente, ese tiempo en el que se quería hacer de Buenos Aires una nueva París. Eran los tiempos de bonanza, en el período de entresiglos, donde la elite local gustaba de vivir a la europea, trayendo mármol de Italia para sus pisos y bailando valses en las fiestas. Aunque, afortunadamente, hoy en día nuestra identidad es mucho más que eso, es bueno encontrar un precioso vestigio como este, que invite a la imaginación a otros ambientes y otros tiempos.

Podría definir a Las Violetas como un elegante salón de té; si bien tiene platos para almorzar o cenar, no llega a ser del todo un restaurante, es de los pocos grandes templos que quedan dedicados especialmente al desayuno y la merienda. Recordemos en la cultura argentina, la merienda siempre ha sido un momento de sociabilidad fundamental, y en lugares como Las Violetas, se han tramado relaciones que marcaron la historia del país en todas sus épocas: por ejemplo, aquí las Abuelas de Plaza de Mayo fingían celebrar cumpleaños para poder planear la búsqueda de sus nietos desaparecidos durante la última dictadura militar. Y para contentar a esa parte nuestra que se deslumbra con los nombres famosos, mencionaré sólo algunos: desde el presidente Carlos Pellegrini, pasando por los tangueros Aníbal Troilo y Carlos Gardel, hasta escritores como Roberto Arlt y Alfonsina Storni. Hasta Macri estuvo ahí.

Pero volvamos a los fines del siglo XIX: enormes ventanales de vitraux estilo con imágenes de señoritas en un ambiente bucólico, rodeadas de deidades griegas; columnas marmóreas, de estilo neoclásico, con detalles dorados; mostradores, vitrinas –y hasta un balcón- de madera; espejos por doquier y ventanales enormes. Decenas y decenas de mesas, amplias y bien distribuidas, de mantel blanco. Sin embargo, sería una tontería pensar que este lugar y estos objetos no han cambiado con el paso del tiempo, que no han habido remodelaciones y restauraciones, ya que, salvo las columnas, (un poco agrietadas) ningún detalle tiene marcas de haber resistido durante más de cien años. Pero hay algo que sí se mantiene: el espíritu de conservación.

Pienso que, estando acá, tengo que vivir la experiencia completa, cual señora de la alta sociedad: le pido al mozo un café con leche con masitas finas (en mi imaginario ellas siempre están comiendo eso). El mozo me indica que vaya a la parte de confitería, a elegirlas. Quedo desconcertada, no sé por dónde seguir. Descubro que del otro lado del gran salón literalmente hay una confitería, que abastece al café pero también funciona de manera independiente. Había pedido dos masitas, pero al ver la vitrina con tantos gustos, me antojo y llevo tres, las más golosas que veo: una con mucho dulce de leche, otra con una crema amarilla con sabor a cítrico, y otra de mousse de chocolate con una frutilla enorme. Aunque la taza de café con leche es más chica de lo que esperaba, me siento feliz.

Aspecto del sector de confitería.
Mi feliz desayuno.
La carta, ilustrada con uno de los decorados del salón.

El mozo me dice “buen provecho” y se aleja. Respecto de él, puedo decir que, como sus compañeros, es un mozo de oficio (mozo, no camarero),de esos que pasan toda la vida aquí y están a gusto. Se limitan a saber hacer su trabajo y hacerlo bien, de una manera sencilla y eficiente. Son todos varones, de mediana edad y con el clásico uniforme que remarca la elegancia del ambiente: camisa blanca, impoluta; corbata roja, delantal, pantalón negro y zapatos lustrados.

Las masitas desaparecen en un par de minutos, (paradójicamente) el tiempo transcurre rápido y se acerca la hora del almuerzo. Las mesas a mi alrededor comienzan a llenarse, aunque todos siguen pidiendo desayunos. A Las Violetas viene gente de todas las edades; al menos en este momento del día, el ambiente es familiar y muy tranquilo. No hay música de fondo y eso marca alguna diferencia. 

Pido la cuenta y me preparo, la elegancia es un lujo y se paga. Con el vuelto, el mozo me entrega un simpático folleto, muy parecido al de un museo.  Se que de ahora en más, cuando piense en las cafeterías de Buenos Aires, este gran salón va a estar entre las primeras imágenes que se me vengan a la mente.

«Medrano y Rivadavia…es un pocillo
donde Almagro siempre toma café,
columnas con historias que en su orillo
sostienen el ayer que no se fue.«
Esquina de Las Violetas, Carlos Ceretti.

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